4.9.17

Panal

Mi mirada color ocre
domará la soledad más inusitada
cuando la luna quiebre con su luz ese trozo de piel
que a mis huesos rodea.

El cemento hoy cae por las bocas
de aquellos que una vez me quisieron prometer
y hoy ya no vislumbro entre las tinieblas.
Mis juguetes de plomo se deslizan por el cristal
y la rampa de mis venas continua impoluta su camino,

a quién va a importarle que vomite por la nariz
toda esta tristeza
si la nieve blanca ya no devuelve su mirada hacia mis dedos
y las distancias entre uña y uña se disparan despedazando
cada milímetro de carne pútrida
roja y humeante, sangre derramada.

Cuándo llegará, señor, pues, la hora de los muertos
cuándo podré marchar y dejar de tener un nombre,
una cara,
ya no sé si quiero ser temida o amada
si me sobran o me faltan los motivos para dejarme ahogar en las aguas moradas. 

Mi fiel pájaro 
hoy no volará con provisiones hasta mi boca,
ya solo queda la muerte,
piedra plana y amarilla.

Quizá se asemeje a aquello que es mi rostro,
quizá haya quebrado las ojeras mi miel
de oso azul.
Ya nada me atrapa
y el ventanal era un reflejo falso,
abismo al que caer
sin graznido, sin queja
solo acercándose con dulzura a la verdadera madre, 
abeja reina.

Se apodera de mí un sobresalto 
hasta quedar atrapada en sus patas,
allí puedo oír tus huesos crujir
hasta que carne y alma pasan a ser uno
y sospecho que ya solo queda la muerte
deslizándose por el panal de abejas,

ahora soy miel, pegajosa y amarilla.
No es muy diferente a lo que era mi anterior ser
es 
un poco más nuevo, más dulce,
veneno.

Ahora me alzo destructiva y voy
cayendo por las bocas de los hombres
no hay medallas ni orgullo,
por la garganta se desliza
tan pálida como real
cada esbozo de mérito incumplido.

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