30.4.16

Altamar

Cuando el alma muere
escribir su nombre deja de tener sentido.
Cuando la ceniza intocable
rodea nuestras lenguas
los idiomas son aniquilados
y con ellos yacen muertas
mil palabras impronunciables.

Abruma el zumbido silencioso
de sus miles de partículas disueltas
en coágulos de hierro y saliva espesada.

Quién dice que ese cobre
carente de sombras y
sin una plenitud que transpirar
funcione como tumba a quien ya no tiene denominaciones
a quien se niega a morir si su lengua no se apaga
a quien muere si en sus mejillas han quedado atragantados
los sonidos del mechón deshilabrandose
de la noche y sus manchas irritadas.

Un poeta nos dejó escrito en su epitafio
que hace tiempo que la saliva dejó de humedecer
nuestras bocas agonizantes
y aún así seguimos buscando
entre los dientes salientes
de quien murió antes de ser concebido
la leche materna que nos dotará de una plenitud
una plenitud tangible
y haremos a las estrellas alzarse
en la quietud de la noche
para que sirvan sus constelaciones como horca.

Las nubes
olvidarán su azul entre acuarelas
las luciérnagas
regalarán sus ardores al desierto.

Y en las manos del poeta
ya no habrá clavos
solo el llanto de una madre
y un amor que disminuye
se deshoja
como la juventud deshecha
en surcos y manchas
como la luz cayendo al sonido
de una kilométrica cumbre.

Todos callamos,
y el silencio alimenta nuestras miserias.
Ahogados en la espuma alzamos los ojos,
y el paisaje marítimo, en tus pupilas,
acaba por desintegrarse.

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