28.12.15

El camino

Allí es zona de plegarias,
las luces despuntan y van diseñando el alba,
y sus destellos se trenzan sobre nuestros rostros
hasta detenerse.

No hay luz que atraviese
unos ojos anhelantes de brillo,
y los labios rotos
exhalan más jadeos que suspiros.

Los ahorcados,
las bestias,
humedecen miradas y enrojecen rostros fríos,
en sus alientos vulnerables
acarrean instantes sudorosos colmados de mutismo.

Allí, cuando llegue mi hora,
esculpiré mi rostro en odio
porque no confío en mis manos,
en mis brazos, que huyen.

Por el momento
el páramo en el que permanezco castiga mi ser,
pues un baile de destellos no sabe 
pronunciar a la muerte,
y sin voz yo no podré reclamarte en versos,
sin alma, sin tripas, 
ni siquiera arden mis cabellos.

Imagino que 
algún día me reencontraré contigo
y el fuego caldeará rencoroso el nudismo de la noche,
alimentado por mí, 
por nosotros,
 por cada nombre propio aniquilado.

Así entre escombros, en la ausencia,
tú y yo oiremos a los ahorcados gritar
al contemplar las carnes deshilachadas 
colgando de sus bocas
saliendo de sus ojos,
y por fin, tras el aire 
la muerte explicará por donde han de caminar
aquellos cuyos pasos quedaron por el sol tullidos.

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