21.5.14

Oh, North Country I

Hay ciertos estímulos capaces de reabrir la cicatriz causada por pesares que ya creíamos haber digerido. Como si de una herida de cuyo escozor ya nos hubiéramos olvidado se tratase, estos estímulos nos hacen cerciorarnos del que la llaga sigue abierta, y el peso del que creíamos habernos librado cae sobre nuestros hombros de forma abrumadora, ya que durante unos instantes creímos habernos acostumbrado a su escozor. 

Era octubre cuando hice esta reflexión por primera vez. Lo recuerdo porque aquella mañana encendí la radio y me encontré con un locutor de voz grave y áspera repasando la biografía del recién difunto Lou Reed. La conexión que hizo mi mente al recordar al músico fue el primer paso del que sería una de las peores crisis de ansiedad que nunca he vivido. Lou Reed era uno de los músicos favoritos de Gry, y recordarla a ella siempre me llena de una profunda tristeza. No, es más que eso. Recordar a Gry me llena de un dolor insoportable, de desconcierto, culpabilidad y un sentimiento de impotencia que muchas veces termina en enfado. Como si una ola de calor me flagelase de arriba abajo, siento mis mejillas sonrojarse y la tensión se apodera de mi cuerpo, como dispuesto a arrojarme a una pelea. Otras veces, sin embargo, siento una jaqueca que me obliga a sentarme a reflexionar. Este segundo caso es el más habitual, lo cual es una suerte pues del primer modo suelo salir físicamente lastimado. Sin embargo, también es la forma más lacerante de llevar el dolor que su nombre me produce, ya que la reflexión siempre viene unida a los recuerdos. Los recuerdos, a veces, por ser felices, son tan dolorosos que a mi mente no le queda más remedio que adormecerse y vivir la dolorosa realidad (una realidad en la que esos recuerdos nunca volverán a ser revividos y que parece vociferarme con toda su sustantividad lo solo que estoy) como si fuera la prolongación de un mal sueño. En esta niebla de nostalgia y ensimismamiento no hay lugar para la rabia, pero durante un periodo de tiempo me siento entumecido y todas mis acciones son realizadas como si no fuera más que un autómata movido por la rutina. A las siete de la madrugada me levanto, a las dos, hago la comida, a las seis salgo a correr y a las nueve es hora de cenar. Cuando voy saliendo de este estado, a veces pasados días y otros tan solo unas horas, me es casi imposible recordar en qué he ocupado todo mi tiempo, como si efectivamente no hubiera sido más que un sueño de mi día a día actual.

Aún ahora recuerdo la emoción con la que aquel locutor hablaba de Lou Reed. Su cargada voz tan solo se veía interrumpida por diferentes canciones del autor. Escuché, sumido en los recuerdos, como el locutor presentaba Walk on the wild side, Perfect day, Sweet Jane y otras de las piezas más famosas de Lou Reed. Por eso, cuando al terminar Satellite of love la voz grave anunció The bed, mi mente, que parecía haberse acostumbrado a los recuerdos más serenos de Gry, sufrió un escape, y como si de una grieta se tratase, la canción creó en mi mente una fuga por la que escaparon los más dolorosos recuerdos. La conmoción se clavó en mi pecho con tanta fuerza que salté de la silla y, cruzando las manos sobre el vientre, tuve que apoyar todo mi peso contra la pared para no caer desmayado. Apagué la radio con rabia, pero el silencio me abrumó de forma aún más desalentadora, y mi respiración se volvió tan irregular que creí que me asfixiaría en aquel momento.

Me encogí en el suelo, con el mentón hundido en las rodillas, y comencé a clavarme las uñas sobre la piel desnuda. A veces el dolor físico es una buena forma de volver a la realidad, pero no sirve para aplacar los nervios. Una vez la ansiedad se había apoderado de mi cuerpo, solo me quedaba permanecer sentado y respirar, seguir respirando, a la espera de que acabase. Sabía que hacer un movimiento desencadenaría el pánico y la ansiedad se apoderaría de mi cuerpo con tal fuerza que me obligaría a golpearme, a gritar, a patalear como un niño. Por eso ante un ataque de histeria siempre prefiero permanecer sentado y esperar. Por muy desesperante que se antoje.

No sé cuánto tiempo permanecí en esa postura, pero cuando me di cuenta había oscurecido y la comida del mediodía aún estaba intacta sobre la mesa. Exhalé un suspiro y me di cuenta de que había estado llorando. Con sigilo y aún movido por el estado onírico que me había envuelto momentos antes, me arrastré hasta mi cuarto y cogí mi vieja guitarra. Llevaba años sin tocar, y la primera vez que la cuerda osciló bajo mis dedos, el vibrante sonido me emocionó. Turbado y preso de viejos impulsos, mis dedos comenzaron a moverse para crear una torpe versión de Girl from the North Country, de Bob Dylan. No estaba lo suficientemente lúcido como para cantar, pero la letra pareció danzar ante mí mientras yo seguía tocando, sumido en un mudo estupor.

Toqué hasta que los dedos, cuyas yemas habían perdido los callos tras tan largo tiempo sin tocar, empezaron a sangrarme. Toqué hasta que, por un momento, pude oír la voz de Gry tratando de imitar la rota voz de Bob Dylan, y toqué hasta que fui capaz de creer que ella seguía ahí, conmigo. Repasando la letra mentalmente, comencé a balbucear torpes estrofas sin comprender realmente qué estaba diciendo. Cuando minutos después su significado pareció materializarse ante mí, comprendí las razones por las que Gry siempre me pidió que le tocase esta canción con tanta insistencia. Ella quiso que yo la recordase en dichos versos. Ella quiso vivir dentro de la canción mientras yo aún fuera capaz de recordar la melodía. Tras esta reflexión, el último acorde quedó suspendido en el aire, foráneo en su propia canción. Clavé la mirada en las cuerdas, con la boca entreabierta. 
Tras ese día, no fui capaz de volver a tocar la guitarra.

4 comentarios :

Yr Wynt dijo...

Yo, yo...

Martina Romá dijo...

Has sido capaz de tele-transportarme completamente a la historia.
Suelen decir que una canción te recuerda a alguien para siempre, pero es que has sabido plasmar esto de una manera tan madura...
Me ha gustamos mucho el clímax final, "tras ese día, no fui capaz de volver a tocar la guitarra"

Un besazo Alba

Celia P. dijo...

¡No sabes lo mucho que me anima esa
"I" del título! Tengo muchísimas ganas de saber un poquito más de esta historia.

(Por cierto, infinitas gracias por tu comentario. Siempre consigues sacarme una sonrisa).

Aischa Lothbrok dijo...

Gracias por esto. No puedo decir más. Te he entendido y he sentido... He escuchado todas las canciones mencionadas según avanzaba con la lectura y me has hecho llorar.
Las canciones crean vínculos fortísimos con personas, con sentimientos o con situaciones concretas, lo sé muy bien.
Así que gracias, ahora tengo un vínculo con este texto, que me ha encantado leer. Aunque llegue un poco tarde...

<3