20.11.13

Huéspedes.

Las noches de luna ausente trata de dejarme sola. Desterrada de todo contacto humano, para que pese la soledad por un motivo lógico y no por destrucción poética. En mi quietud, miraré las estrellas y acunaré mis manos en brisas glaciales, retorceré los dedos hasta trocarlos en gusanos y así sepultarlos en la tierra. Trataré recibir ese contacto como el de tus propios dedos enterrándose en mi cuerpo, para gritar de placer y no de miedo, no de añoranza, no de locura. Quizás así pueda sentir que ser agujero -negro- tiene por lo menos su indemnización, su recompensa, y podré, tras siglos de dispepsia, vomitar todo lo engullido horas antes, presa de esa bulimia anímica que comienza a convertirse en hábito.
¿Ves? Al final no estoy tan sola.
Al menos les tengo a ellos.
A los gusanos.
Últimamente hablo de ellos más de lo habitual. Hay quien percibe mi insistencia con el desconcierto del que trata de descifrar las metáforas. Pero qué me dirían ellos si les contase que no se trata de ninguna alegoría. Que esos gusanos son reales, y están aquí, bajo las uñas, tecleando compulsivamente mientras yo, lejos de las palabras, sigo vomitando. Son compañeros de escritura, temblorosos e incomprendidos. Quizá por eso me identifiqué con ellos y admití su hospedaje entre mis dedos. Cada vez que lloro, doy a luz a sus miles de larvas, y la maternidad fingida me permite esbozar la sonrisa cansada de los mártires por conveniencia.
En esa débil mueca revientan las últimas migajas de inocencia que mi cuerpo guardaba y después, soy yo quien explota, arrepentida y asustada, asqueada ante las bocas que penden de mi pecho para alimentarse a mi costa, de mi tristeza, la cual ensanchan y prolongan hasta que queda su sed saciada y se marchan bajo las uñas con sus iguales.
Malditos y lisiados, los gusanos, que rompen mi piel y corren por mis brazos, por mi vientre, que se introducen en la carne para luego perforar un nuevo agujero por el que huir. Maldita sea su tullida figura, escalando hasta mi alma, deteniéndose en las heridas, escupiéndome en los ojos.
¿Por qué, si les odio, me convenzo a mí misma de que su presencia me calma? ¿Por qué, si les temo, he permitido durante tantos años que sean mis huéspedes de balde?
Porque así tengo a alguien a quien atribuir los aullidos cada noche. Es para mí su presencia la más poética visión de un naufragio, el fracaso que los románticos alababan y deseaban vivir. Y si escribo y contemplo la creación con rabia por su poca valía, puedo pensar que el error había sido de ellos, nunca mío. Si sacrifico mis horas en la escritura y el llanto injustificado, alego que eran ellos quienes me habían obligado.
Y así, convivir conmigo misma es mucho más llevadero.

Temo el día en el que se cansen y, como la luna, no aparezcan, y tú me dejes sola como es costumbre en noches así. Temo que la soledad pese por motivos razonables y no porque ellos me engullen los sentidos.
Temo cansarme y no volver a aparecer.

6 comentarios :

Yr Wynt dijo...

Alcánzame un corazón de repuesto, porque se me acaba de romper.

Elise dijo...

Este escrito es realmente maravilloso. Es tan duro y tan real que pone los pelos de punta, creo que es una de las cosas más bonitas y bien escritas que he leído en mucho tiempo.
Esa búsqueda de un culpable que todos los que escribimos emprendemos ha quedado tan bien reflejada en tus palabras... De verdad, espectacular.

Un abrazo <3

Miki-chan dijo...

Creo que he de nombrarte Reina de las Metáforas Dolorosas.

Huracán. dijo...

(No estamos solos
nos tenemos
a nosotros mismos.)

Sadgasm. dijo...

Dios mío, buenísimo. No tengo palabras. Una vez más cumpliendo y superando las expectativas. Resulta magnífica e interesante tu forma de escribir.

Cuídate. Un abrazo.

Martina Romá dijo...

Que texto más duro, y con cuánto sentimiento!
Te sigo