27.11.13

Entumecimiento.

No sé si catalogarlo como vacío o herida. Ese onírico estado de ánimo que me acuna en un pasado henchido de patetismo, que me abisma en pieles cortadas y dedos mutilados, que me aprieta, me oprime, me aplasta. De una naturaleza tan terrible que la misma noche siente su piel erizarse ante la cruda visión de mis heridas siendo abiertas, mi hombre de hierro que es piel cerrándose sobre el alma atormentada por la poesía  de Pizarnik y Plath. Encorsetándome hasta que las palabras o  las emociones buscan orificios de salida y barrenan mi cuerpo sin arrancarme ni un solo alarido, pues hace ya tiempo que el dolor entumeció mi cuerpo y me introduje en un trance en el que yazco, con el ansia brillando en mis ojos y las palabras encalladas en la poesía.
Es dulce cuando la tristeza se desliza hacia tales silencios emocionales, con la mirada vidriosa para creer que es la niebla, que me arropa, las extremidades bajo tierra para creer que es el calor de otro cuerpo quien me templa. Captando apenas resonancias y susurros, para interpretar las vibraciones como la dulce alegoría de unas palabras afectivas que quizá fueran pronunciadas para mí.
Sin embargo de todo letargo se despierta, y la niebla no es niebla sino lágrimas, la tierra no templa mi cuerpo sino que lo embarra, las palabras son conversaciones a mí ajenas y lejanas. En alguna parte, alguien afirma que el mundo ha caído en la degradación, pero yo niego con la cabeza, como si alguien fuera a divisar mi desacuerdo. Si hubiera algún oyente, le garantizaría que los tiempos pasados que yo soy capaz de evocar son todos igual de abyectos. Recuerdo ser niña y estar tan atemorizada que preferí optar por esconderme en las por entonces mínimas fisuras y atisbar el mundo siempre a través de la silueta de aquellas brechas. Y así, inerte y sedentaria, dejé pasar los años observando el florecimiento de mis compañeros a través de aquella silueta, atascada en la fisura pero creciendo aún estando en ella. Creo que así es como di de sí su tamaño hasta convertir la grieta en el pozo que hoy es, pozo sin deseos ni monedas, pozo tan solo oscuro y atestado de quiméricos monstruos y pesadillas.
Silencio.
Quizá hace tiempo que caí en ese pozo. Quizá no sea vacío ni herida, sino un agujero frío, un túnel donde no se cierne más que un sol negro y sus moscas, el zumbido apremiante de los demacrados insectos que reivindican mi muerte para poder comenzar a devorar mis restos. Querría tener su indiferencia a el tiempo que se resta, al final frío y cercano, no por miedo a lo que la muerte signifique sino terror al comprender cuántas han sido las horas malgastadas. Podría intentar conversar con ellas, entender si lo suyo es valentía o apatía, tratar de empaparme de ese desdén y vivir mis últimos momentos con tan solo el hambre en mente.
Aunque pensándolo bien, podría catalogar ese vacío o herida sin nombre como una especie de apetito. La avidez de sentir el calor humano arropándome en cada momento de desfallecimiento, el ansia de mirar con superioridad a la silueta que se postra en soledad ante el espejo, el anhelo de colmar mis despedidas de nuevos rostros, de hacerlas desaparecer, vencer a los fantasmas, matar a los gusanos, curar las heridas, llenar los vacíos, despedirme de mis ausencias, superar a los monstruos, ahogar la soledad, corregir la soledad,  olvidar la soledad, desprenderme de la soledad.
Soledad.
Quizá fuera esa la palabra que estaba buscando.

3 comentarios :

Ale dijo...

A mí me da siempre la sensación de que lo que nos hunde y nos deprime, también es una parte nuestra que grita por el bienestar. Que no se rinde, que se queja porque quiere cambiar las cosas. Y poco importa si el pasado nos marcó de un modo cruel, siempre uno puede tomar aire y volver a empezar. Pero no desde cero, sino desde ese lugar minúsculo en el que nuestro cuerpo grita desaforado por otra oportunidad.

La cosa más triste que uno puede tener, es sentir que su vida pasó sin más. No pensando en grandes logros elogiables por alguien que los viera, sino por sentirnos a gusto con los pasos dados, hayan salido bien o no. Habiendo elegido hacerlos.

La soledad es una cosa escurridiza que siempre encuentra el hueco para desaparecer. Y no es posible convivir con ella hasta que apreciamos sus cosas buenas, que las tiene. El problema es cuando persiste por sobre todo el resto, cuando le damos el espacio para convertir esa soledad en toda nuestra vida.

Sin embargo, y volviendo al principio de todo esto, nos molesta y nos lastima porque queremos salir de ella. Porque algo dentro nuestro aún tiene la energía para volverlo a intentar.

Y creo que eso hay que atesorarlo como el último eslabón de esa felicidad buscada.

Martina Romá dijo...

Sabrás de sobra que escribes genial, pero nunca viene mal que te lo recuerden de vez en cuando.
Este s el tipo de blog que me gusta leer. Tienes una manera de escribir muy madura, dices lo que quieres expresar sin escribirlo explícitamente, y así dejas una puerta abierta a la imaginación, eso es lo que más me gusta.
El texto me lo he leído dos veces para entenderlo bien. Me ha gustado mucho tu manera de expresar tal sentimiento, tan profundo como el pozo que describes, y el final, cuando pones soledad, es lo mejor a mi parecer.
Sólo cabe añadir, que de todo esto se sale con un poco (o mucho) de esfuerzo.

Un besazo !

Celia P. dijo...

No sé si podré ser seísmo, sueño o palabras, pero sé (o quiero creer que sé) que de los pozos se acaba saliendo. Que tarde o temprano alguien o algo aparece y te tiende una cuerda. Y que tú y sólo tú eres quien decide si puedes trepar por ella o no.
O quizá no exista cuerda alguna, sino que un día simplemente te das cuenta de que has salido del pozo. Y no sabes cuando ocurrió, pero sabes que ya no hay fantasmas, ni gusanos, ni soledad.