17.9.13

Medicinal.

Me sirvo de palabras y expresiones tan herméticas para que nadie se encuentre cuando hablo de fantasmas y ausencias. Es mi cobarde manera de destinar y convenir testimonios aún pendientes, pero manteniéndome siempre incólume. Con ello resuelvo adecentar y ordenar mis pensamientos, acomodarme entre mis propias lagunas y seguir cultivándome en el arte de amar la soledad. Sin embargo, hoy escribo y deseo que me encuentren y entiendan. Que se encuentre, y me ampare.

Echar de menos es un antiguo cometido, ya arraigado más a la rutina que al dolor mismo. Es una cláusula que yo misma barajeé por creerme mártir o por idiota, hasta finalmente encontrarme a mí misma escogiendo el calvario por el olvido, el légamo por la gasa. Y es por ello que ahora tengo la responsabilidad de despojarme de ese copioso fango a cuchilla y sangredera, apretar ahí donde la sangre fluye para que caiga por el brazo y me limpie del yerro. Mas si el paso del tiempo es, como dicen, medicinal, quizá me deje de cortes y permita que éste corra sin siquiera llegar a un acuerdo con el futuro. No importa cuantas veces planee el asalto y posible contraataque, todos los bosquejos acaban por marchitarse como si estuvieran hechos de hoja caduca.
A veces me pregunto cómo vivirá el títere este juego de luz y sombra; quizá él sea tan víctima como yo lo soy. Imagino sus dedos agónicos y rajados bajo la presión de los hilos, y, aún así,  hay días en los que no concedo su presencia. Es más, la blasfemo y desdeño en pos de hacer de su recuerdo algo imperceptible aunque dolorosamente cierto. Otros, en cambio, me aferro a la reminiscencia como si de su cintura se tratase. Esos días son peligrosos y hasta enfermizos, pues por un momento, admito sin ínfulas mi presente y su contrariedad, como si no tuviera bastantes complejos que solventar.
Por último, hay noches en las que lloro y pregunto por qué. Siento el estruendo del sollozo dentro y el silencio noctámbulo fuera, chocando entre ellos y amontonándose el uno sobre el otro en una dudosa armonía. La persiana me devuelve mi nebuloso cuerpo desnudo, y me estremezco al sentir tan real ese impreciso desabrigo.  Probablemente, simplemente me siento más segura creyéndome ese turbio reflejo en vez de a la basta silueta que me devuelve el espejo. Tan áspera y ordinaria, sin ningún cambio en la rutina, es decir, sin él introduciéndose en ella.
Esas noches armo el biombo y me quedo a solas con él, para recapacitar bajo su cálida mirada y sentir esa ilusión como un bálsamo o una maldición. Trato de sobreponerme a su presencia con el razonamiento, el cansancio o la cruda realidad como vía. Pero nunca he sido una luchadora, y esa química circunstancia se convierte en otro abrasivo letargo emocional que reitera mis telarañas.
Toco fondo. De pronto, la superficie y el pasado es una visión fastuosa, y en mi ratonera me siento mínima pero aún no lo suficientemente desdeñable como para pedir que me odie. Aún no derribé a nadie, ni fui nociva compañía, ni siquiera me hinché en aires de magnamidad. Al menos, no en público.
Pero si te lees y te sientes entre las letras, receptor, aludido, ampárame. O, al menos, finge que lo haces. Cuando todo cicatrice podrás ser tú mi nuevo magnicida y desazón.
Total, ya eres fantasma y ausencia.

1 comentario :

Celia Prados dijo...

Ojalá pudiera compartir tus fantasmas y ausencias, aunque solo fuera a ratos para que se entumecieran menos tus huesos. Y si leer entre líneas tus palabras supusiera calmar un poco tu desazón, ten por seguro que pondré mi mayor esfuerzo por conseguirlo. Ahora y durante mucho, mucho más tiempo.

(Espero que la psique venza a los espectros).