28.4.13

Las Cartas de Pawl II.



Desde que comenzó su interminable viaje, Pawl había aprendido a hacer de toda calle que pisase calle propia. Sabía como encajar el cuerpo en sus esquinas y obras, empaparse de sus diversos ambientes y aprenderse de memoria las calzadas cuyos bares le resultasen más familiares. Para él, apoderarse de los cielos, descampados, parques y escuelas era una fase evolutiva que le permitía volver a nacer. Y declaraba que ya era hora de marcharse cuando era capaz de caminar hasta el hotel de una forma premeditada.
Nadie tenía derecho a llamarle extraño, ni desconocido, ni siquiera viajero. Él era un recién nacido, que caminaba con la seguridad infantil que correspondía al niño aún acordonado a las manos de su madre. Para él, viajar era avanzar por el mundo con un velo fino e invisible que separaba su realidad de niño del estrés que correspondía a su verdadera edad. "¿¡Cuando sentarás la cabeza!?" gritaría su madre, presa en la histérica  certeza de que su hijo era un indolente vagabundo que jamás vestiría traje cachet. "No digas vagabundo, es más poético bohemio" respondería, tratando de crispar sus nervios.
Evocar la imagen de su madre era evocar la viva imagen de la derrota. Ella quería una niña a la que vestir de colegiala, peinar dos trenzas y llamar "princesa". Siempre renegó el espíritu revolucionario de su hijo, sus amores intrascendentes y su fascinación por la poesía de Luis Borgués.
Evocar a su madre era evocar el día de la despedida. Aquella mañana ella vestía una pulcra camisola blanca, pantalones nuevos, los más caros zapatos de tacón. Sus rizos color caramelo, cuidadosamente recogidos por una cinta negra, amenazaban con resbalarse sobre su arrugada frente. Pawl se pasó las interminables horas de charla deseando que el cabello de su madre se abalanzase sobre sus ojos, para no tener que seguir sintiendo la punzante mirada de reproche. 
-¿Qué hemos hecho mal tu padre y yo, Pawl?-preguntaba conteniendo las ganas de echarse a llorar-Te lo hemos querido dar todo. Podrías tener estudios en las mejores universidades, un coche nuevo, una familia a la que visitar los domingos a la hora de comer. 
Pawl callaba. Su madre, absorta en la ira que le invade al perdedor, continuaba clavando sus ojos azabache en el pelo desordenado de su único hijo. Y cuando el silencio del muchacho terminó por desbocar sus nervios, el chasquido de la bofetada resonó más fuerte que todas sus amonestaciones.
Ese cachete fue el adiós. Pawl a penas llevaba bajo el brazo una vieja maleta, ligera y casi cóncava. No dejó un regalo que compensara el dolor de su marcha, y tan solo se giró una vez antes de cerrar la puerta. Un breve instante que tan solo sirvió para divisar en los ojos de su madre la derrota en su total plenitud. 

"Dime, má... ¿Se te quedó atragantado en la garganta un "te quiero"? ¿Me llamarías, si yo llevase conmigo un celular? ¿Pedirías perdón por el bofetón, e insistirías en que volviera a casa?
Espero haber fallado al afirmar la tercera situación. Merecía ese golpe, una herida donde apretar con el dedo cuando la nostalgia del verdadero hogar me invada. 
Y no, no me pidas que vuelva. El derrotero en tu mirada es un mal necesario para hacer que, algún día, tú también sepas apreciar el calor de los sueños cumplidos".

5 comentarios :

jordim dijo...

Narras muy bien, sigue en ello.

Amour dijo...

Muy linda entrada , errores de padres siempre estan me parece . Te sigo desde ya hermoso BLOG! un abrazo!

Pía Baroja dijo...

El mundo es demasiado grande como para perdernóslo. Me encanta que Pawl luche por su sueño, y que lo consiga paso a paso.

Un abrazo

Eloise dijo...

me encanta tu blog!
el diseño, las imágnes, los colores <3
está precioso todo!
saludos

Sílvia dijo...

Me encantó descubrirte :)