9.4.13

Cartas de Pawl I.

Las cartas de Pawl reposaban sobre la mesilla de noche sin ningún tipo de jerarquia. Eran, la mayoría, papeles marchitos y rugosos, ambarinos y pegajosos del sudor de sus largos viajes. La letra era fina y almea,    propia de manos esmeradamente cuidadas, embetunadas en ese tipo de crema suavizante que poseería una imaginaria mujer de mediana edad, minuciosa y altiva, y no las de un desaliñado joven, peludo y ojeroso, de manos curtidas en éxodos y peregrinajes.
Nada en él estaba en armonía. Las cartas eran solo una pequeña parte de su acracia, de ese caos que se tanteaba en sus ojos dispares, en su sonrisa de dientes inclinados, en las absurdas pecas que escapaban las unas de las otras sobre sus mejillas.
Quizá por eso Pawl vivía desde hacía dos inviernos en cuartos de hotel. Para no dar tiempo a su agujero negro de engullir el equilibrio de ningún hogar, para no dejar que los aires de revolución que emanaban de su espíritu creasen barricadas contra el amor. Si no das tiempo a que las pupilas de una mujer se dilaten hasta ser capaces de encajar en ellas tu silueta, no estás dando tiempo a que se enamore, solía decir ella.
Ella. Susanne. Su pequeño cosmos, su antítesis.
Qué injusto era llamarte pequeña, Susanne. Qué injusta fue nuestra lucha, y qué absurdo que fuese yo el ganador. 
Sonrió, pero no era más que un gesto añejo, casi esbozado por desidia que le invadía al recordar su rostro. Mientras tanto, en el vulgar cuarto de hotel comenzaban a dibujarse las sombras, las siluetas, los fantasmas del pasado. Las sábanas, vírgenes de ningún tipo de olor, desconocidas y frías, se enredaban sobre el colchón, y Pawl casi pudo imaginarse a si mismo acomodando el enjuto cuerpo de la muchacha en las dunas de aquella cama. Cuando Susanne dormía, ni el más impetuoso ronquido podía hacerla despertar. Aún así, se tumbó con cuidado en el lecho, recreando casi a la perfección una noche de verano en la que ella aún no le había revelado el verdadero significado del frío.
La soñaba desnuda y pálida, serena, con las pequeñas manos postradas bajo el cuello, sujetando con firmeza la cascada de rizos castaños que ni siquiera amenazaba con enmarañarse sobre la almohada. Perfecta.

Aquella noche, la cama de aroma anónimo se mantuvo vacía hasta bien entrada la madrugada. Cuando las primeras luces de una ciudad cualquiera comenzaron a esbozarse tras las persianas, una nueva carta descansaba en la maleta. 

3 comentarios :

estearbolquemesustenta dijo...

Hola, si aquí tb te leo, :) gracias por responder mi duda. Este escrito tb me gusta. Un abrazo.

La chica de los chicles dijo...

Que profundo Pawl, y que musa tan perfecta Susanne. Me encanta.

Pía Baroja dijo...

Escribes precioso, te sigo.
Me encanta Pawl y me encanta la forma en que nos cuentas su historia. Es como si pudiera verle ante mí.

Un abrazo, y gracias por pasarte :)