21.4.12

Cuan larga fue dicha noche.

El negro se dispersaba con lentitud sobre el cielo, y para cuando me quise dar cuenta un manto de estrellas lo cubría todo. Titileaban sobre mi cabeza, haciendo tiritar mis pupilas. Busqué la luna, tratando de librarme de aquel tartamudeo sordo, pero aquella noche su luz blanca no me acompañó.
Sonrisas rotas hacían envejecer la ciudad en la penumbra, haciéndome tropezar cada vez que trataba de ignorar mi tristeza. Sin embargo, ahí seguían, haciendo de las metáforas el filo de un cuchillo, convirtiendo mis razones en una maldición. Abriendo ante mí un camino de piedra que parecía llevar el invierno escrito en cada huella que manchaba la vereda. Y yo, que siempre he formado parte del invierno, me adentré en él, recordándome con la mirada encharcada de unas lágrimas tan oscuras que casi se asemejaban al lodo que el verano es demasiado luminoso como para no ser uno de esos perfectos hombres de sonrisa blanca cuya alma apesta a mentira.
Mientras tanto, las estrellas seguían con su epilepsia, obligándome a cerrar los ojos con fuerza para no volverme loca. Y cada vez que apretaba los párpados, una lágrima de barro caía. El frío se anclaba en mis mejillas, haciéndome sentir que la tristeza formaba parte de mi cuerpo. Una extremidad más.
Fue entonces cuando intenté negar todo aquello. Evadirme de esa hibernación. Quitarme los guantes, y dejar caer a aquellos recuerdos que vivían prendidos de mis dedos. Creo que por eso enfurecí a las estrellas. Las vi temblar, y mi valentía se consumió en un segundo. Y es que ellas me devoraban la esperanza, se creían con derecho a intoxicar mi mente de gritos de desazón. Grité, tratando de descoser el terror. Lloré, tratando de desatornillar el desasosiego. Y, finalmente, me derrumbé, sintiendo en cada temblor una nueva contradicción. Hice de las palabras mi máscara.
Cuanto más me hacía a aquella frágil máscara, más fácil se me hacía convivir con el dolor. Incluso creo que llegué a agradecer tener a algo a lo que aferrarme.
Tú rompiste todo aquello, ¿sabes? Te adentraste en mi camino de fría piedra de puntillas. Encubierto por el frío. Colándote en mi alma cada vez que mis dedos vacilaban al escribir un punto y aparte. Y te convertiste en el punto final.
Y para cuando quise darme cuenta, ya no había máscara sobre mis ojos. Ni surcos de barro en mis mejillas.
Y para cuando alcé mi mirada al cielo, ya no había estrellas. Pues una luna en cuarto menguante se alzaba entre aquel manto negro, y eclipsaba con su blanco cualquier otro brillo.

 Menos el de tu mirada, posada sobre mi alma, adentrándote en la piel sin lacerar mi cuerpo. Inundando de un nuevo invierno mi corazón.

6 comentarios :

Walking Disaster. dijo...

Es horrible que el dolor te ciegue con su oscuridad, pero cuanto más dolor haya más agradeces que te quiten la máscara <3

Javier Copado dijo...

Constantemente nos ponemos máscaras. Ir quitándolas es un paso adelante. Pero también, en la mayoría de los casos, significa dolor.
Ahora que te la has quitado, lo que llega será positivo, siempre

Bulletproof heart girl dijo...

Fuera máscaras. La pena duele. Y el dolor duele. Y al final cuando llega el momento de quitarse la máscara y sí, a todos nos llega, es el mejor momento que un enmascarado puede tener. Es el mejor momento que todo humano puede tener.
Hermoso texto de verdad. Escalofriantemente bello. Me gusta, me ha encantado.

DarkKumi dijo...

Increíble cuanto amor escondes en tus palabras. Amor que cura heridas. Heridas profundas, además. Qué envidia.

Cappuccino frío dijo...

precioso sin más.

Melodías Agridulces dijo...

Tus palabras destellan magia. Transmiten tanto y hacen que pueda sentirme igual que vos.
Me encantó. Cada palabra, cada punto y cada coma.
Besos agridulces♥