15.1.12

Black Parade.


Una melodía fúnebre se ha anclado en algún recoveco de mi cabeza, y ni mi alma de gato es capaz de darle caza. Resuena y me destroza con cada nota musical, pero aún más me corroe los recuerdos que evoca con su maldito estribillo. Sé que tan solo es un frasco de lágrimas más que guardar en el viejo baúl, que no es más que un lamento que dejar a manos del tiempo, que lo borren las horas. Sin embargo, de momento su fantasma sigue mirándome con sus ojos azules, y me pierde en la eternidad, en un efímero momento.
Sus manos arrugadas siguen calando mi infancia con sabor a chicle de fresa. Un dulzón sabor que desmorona de pronto todos mis recuerdos, que me tiñen la garganta de ganas incontenibles de llorar, y que saturan mis puños de una rabia incontenible. Rabia a las casualidades, al paso del tiempo y su molesto tic-tac, rabia y un profundo e incontenible recelo por la muerte. Los segundos siguen dejándolo todo a manos del ayer, y los minutos lo van escondiendo todo en el olvido. Por mucho que yo me aferre a la calidez de sus manos sobre mi diminuta palma de bebé.
Huele a ceniza esta mañana. A ceniza y a salitre en mi corazón. Y no te imaginas cuanto escuece. Es un dolor que se abre paso entre mi alma y los recuerdos, incansables recuerdos que no dejan de reproducirse sobre la pared. Como un macabro teatro de sombras. Las ojeras bailan sobre mi rostro y me obligan a aludir su quietud en aquel cuarto de paredes blancas. Y es difícil soportarlo. Es complicado soportar sobre mis hombros el peso de aquellos rostros familiares que se esforzaban por contener las lágrimas ante mí y mi impresionable alma. Es agotador rechazar en mis oídos el llanto sordo e imposible de reprimir que colma desde entonces mis verídicas pesadillas.
Me gustaría saber que aún hay una oportunidad para que vuelva a ser él. Una insólita sazón para brindarme la ocasión de darle un último abrazo. Tan solo un conformismo con el 21 de diciembre para que se congele unos instantes ante mí, y me deje susurrar en su oído que le agradezco que hubiera estado ahí desde el primer minuto de mi vida, y que le perdono no permanecer a mi lado hasta el último. Solo eso, y un te quiero. Porque ahora que lo pienso, no recuerdo habérselo dicho ni una sola vez.

6 comentarios :

Miss Frenesí dijo...

Pero qué texto más profundo y triste.
"ni mi alma de gato es capaz de darle caza" (L)
Sólo cuando ya no puedes decirle algo alguien es cuando más deseas que lo sepa.
Un beso enorme bonita :)

Anairo Draculesti dijo...

Me has hecho llorar. Y no exagero. Has utilizado las palabras correctas y has evocado el dolor, la frustración, la rabia, la pérdida y la tristeza en su máxima expresión cada una y todas a la vez.

Quisiera decir que me gusta, pero es algo mucho mejor que eso.

Besos de neón.

Casén dijo...

Sabes, me encanta como escribes...
pero me acaban de sacar una muela del juicio y la foto me da mal royo jaja

Walking Disaster. dijo...

Es increíble el dolor que transmite.
Odio la impotencia que producen siempre estos temas.

Fabrizia dijo...

Such a great post, even if so sad!\!

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Yüe Béret dijo...

Has hecho que mi corazón se contrajera y dejara de latir durante unos segundos.
Es simplemente, increíble